Alguien nos dijo, allá por los 80, que “las niñas ya no quieren ser princesas”, pero ¿y la sociedad?, ¿está dispuesta a
que dejen de serlo? Parece ser que no del todo, desde el mismo momento en que a las niñas se les ha reservado el puesto princesas, de eternas herederas del reino, de meras figuras decorativas. Pero las niñas no quieren ser princesas. Por eso tenemos que sacarlas de la urna de cristal para que se corresponsabilicen de los designios de la sociedad, para que compartan con sus hermanos y amigos el gobierno de la misma en un plano de igualdad. Por eso, dejemos de disfrazarlas con faldas de tul y coronas en la cabeza. Dejemos de engañarlas. Nunca serán princesas. Porque no queremos que lo sean. Queremos que sean ingenieras, astronautas, medicas, abogadas, arquitectas, farmacéuticas, electricistas, empresarias, veterinarias, fontaneras, conductoras, presidentas del gobierno, maestras, …

Desdeñamos la importante función de nuestras maestras, profesoras y educadoras, y de nuestros maestros, profesores y educadores, en las que hemos delegado, y también en ellos, la importante misión del cuidado y formación integral de nuestras niñas, y de nuestros niños. Y si confiamos en ellos tanto como para dejar en sus manos algo tan valioso para nosotras, y para vosotros, como son nuestras niñas, y nuestros niños, por qué razón a veces no somos capaces de valorar su dedicación. Son precisamente ellas y ellos los que forman en un marco de igualdad: transmiten los mismos conocimientos a las niñas que a los niños, sin discriminación; exigen lo mismo a las niñas que a los niños, sin discriminación; evalúan por igual a las niñas que a los niños, sin discriminación, y cuidan por igual a nuestras niñas que a nuestros niños, sin preferencias. Establecen los cimientos de una sociedad igualitaria que nos empeñamos en destruir.

Por ello, primero en casa tenemos que quitar las coronas a las niñas, para que no piensen que queremos que sean princesas, y luego, en el colegio, hay que empujar y apoyar a nuestras profesoras, y a nuestros profesores, para que, con su dedicación, nuestras niñas aspiren ya desde el principio en ser ingenieras, astronautas, fontaneras, medicas, enfermeras, abogadas, arquitectas, carniceras, farmacéuticas, electricistas, empresarias veterinarias, presidentas del gobierno, conductoras, maestras, … Y, ante todo, “guerreras”. Porque las niñas ya no quieren ser princesas, o es que no nos queremos enterar.

Raquel Alfonso Cid

Raquel Alfonso Cid