Educación en valores ¿en casa o en la escuela?

Llevamos tiempo notando en las aulas como los niños cada vez más manifiestan comportamientos que determinan una falta de límites y normas inaceptables, por no hablar de barbaridades como el bullying y la desigualdad de géneros entre otras, que continuamente crecen entre los más pequeños. Y es que la falta de autoridad que sufrimos tanto padres como profesores hace necesaria la reflexión sobre qué aspectos en la educación de las nuevas generaciones están fallando. Pero en lugar de hacer cada uno un ejercicio de introspección con la intención de solucionarlo, nos dedicamos a discutir sobre quién debe asumir la responsabilidad de educar a los niños.

Desde casa delegamos esta labor en la escuela que bastante cansados estamos de trabajar todo el día. Y es que la realidad es que en casa los padres llevan ritmos de vida vertiginosos; jornadas laborales interminables sin posibilidad de  conciliación, recoger a los niños del cole, llevarlos a la actividad extraescolar de turno, “pelearse” con ellos para que hagan los deberes, hacer la compra, arreglar la casa, sacar al perro, ir al gimnasio…Y esto en el mejor de los casos pues hay quien tiene recurrir a los abuelos para todo esto. Y entretanto en el colegio nos negamos a desempeñar un papel que consideramos corresponde a la familia. Muchos profesores nos escudamos en frases lapidarias como “en casa se educa y en el colegio se enseña” o “si en casa no hacen nada, en el colegio no podemos hacer milagros” y nos quedamos más anchos que largos. Y mientras nos pasamos los unos a los otros la patata caliente, los niños campan a sus anchas.

Desde una perspectiva puramente etimológica, el término educación proviene del latín educare que quiere decir criar, alimentar, nutrir. Por tanto podríamos afirmar desde aquí que esto le corresponde a la familia sin ninguna duda. Pero también procede de exducere que significa llevar a, sacar afuera. Y es aquí donde comienza la polémica.

Si reparamos en los filósofos y pedagogos más destacables en el ámbito que nos ocupa, nos daremos cuenta que para ellos la educación va mucho más allá de la mera transmisión de conocimientos académicos. Por citar algunos, Platón destaca la formación del ciudadano como una de sus funciones. Ortega y Gasset hace referencia a todos los aspectos de la vida del individuo. John Dewey concibe la escuela como un espacio de preparación para la vida en sociedad. Para Juan Amós Comenio la escuela debe ser un grato preludio de nuestras vidas. Y según nuestro contemporáneo José Antonio Marina y sus islas, la educación es la encargada de la evolución.

Recogiendo todo esto y desde un análisis profundo, la educación debería concebirse como el acompañamiento en el proceso de crecimiento del ser humano desde que nace hasta que se hace adulto. Y es aquí donde entramos todos.

Desde que el niño nace forma parte de un grupo determinado que es la familia. Ésta le ofrece la seguridad, la protección y el sentido de pertenencia fundamentales para  el desarrollo de su identidad y autoestima. Desde casa debemos tener muy presente que los valores éticos deben formar parte del contexto familiar. Que el ambiente que rodea al niño en su día a día, las relaciones que se establecen entre los miembros de la casa y en definitiva, los patrones de comportamiento que el niño tiene delante van a determinar su forma de ser.

En cuanto a la escuela, es el primer espacio real de socialización. El niño aprende a interactuar con personas ajenas a la familia, es decir, con personas con las que a priori no comparte ningún vínculo afectivo. Aprende a hacer amigos, a respetar la autoridad, a trabajar en grupo, a compartir, a esperar el turno, a ser uno más, a convivir con compañeros afines y no tanto… En definitiva, empiezan a formar parte de la sociedad. Y no de esa sociedad a la que nos referimos como un ente lejano e invasivo contra el que no se puede luchar simplemente para acallar nuestras conciencias echando balones fuera cuando nos interesa. No, empiezan a formar parte de la sociedad que formamos todos y en la que todos desde nuestra posición, debemos asumir las responsabilidades que nos corresponden.

No hay que olvidar que los maestros tenemos que ser claros ejemplos de lo que queremos transmitir a los niños. Debemos implicarnos en el desarrollo de la escala de valores del niño, en la adquisición de conductas socialmente respetuosas y en favorecer que los niños se conviertan en personas comprometidas con sus ideales.  

Por tanto no se trata de echarnos la culpa los unos a los otros sobre la falta de valores que los niños manifiestan cada vez más. Se trata de coger al niño, la escuela de una mano y la familia de la otra para guiarle y acompañarle en su desarrollo como persona, siguiendo juntos la misma dirección. No debemos olvidar que estamos todos en el mismo barco.    

 

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